Bolivia: Rascando el fondo de la olla

Bolivia: Rascando el fondo de la olla

Da la impresión de que las finanzas del Gobierno ya están en las últimas y que están desesperados por encontrar recursos

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Por: Juan Antonio Morales

El artículo de Norah Soruco (El Deber 08/03/2018) acerca de la “tortuosa y persecutoria política tributaria”, así como las quejas que escucho cotidianamente de los contribuyentes, me han hecho pensar en que algo está podrido en nuestras finanzas públicas.

Obviamente, el Gobierno necesita financiarse. La provisión de bienes y servicios públicos se financia normalmente con impuestos. Se ha de elogiar que durante la bonanza exportadora la presión tributaria interna no hubiese caído. Se ha de elogiar también la modernización del Servicio de Impuestos Nacionales (SIN). Se ha de criticar, empero, que pasada la bonanza se trate de compensar la caída de los ingresos fiscales estrujando a los contribuyentes. Por otra parte, se le ha ido la mano al Gobierno en el gasto público, tanto corriente como en inversiones.

Eso explica que estemos, ya por varios años, con déficits fiscales por encima o bordeando al 7% del PIB. Si ha de corregirse el alto déficit público, el esfuerzo debe recaer en el gasto y no en aumentar  la presión tributaria. Una coacción tributaria muy fuerte frena la demanda interna, que tanto le gusta al Gobierno.

Es bien conocido en la teoría económica que todos los impuestos causan distorsiones en la asignación de recursos, pero algunos son más ineficientes e inequitativos que otros. La legislación y la política tributaria tienen entonces que apuntar a minimizar estas distorsiones, así como  a buscar el máximo de equidad. Con datos de 2016,  hacer depender 6,6% de las recaudaciones del SIN de multas, intereses, resultados de fiscalizaciones y cobranzas coactivas, no contribuye a la minimización de las distorsiones, y alimenta el malestar de los contribuyentes.

En multas  y otros cargos, el SIN está recaudando  más que por impuestos al pecado: tabacos, alcoholes y suntuarios, que por la experiencia internacional se sabe que son buenos recaudadores.

Es hora ya de pensar en una reforma tributaria de fondo. La estructura actual de impuestos, dada por lo esencial por la Ley 843 de 1986, necesita ser revisada. Es demasiado dependiente de impuestos indirectos, que son regresivos y que penalizan  proporcionalmente más a los pobres.

Subrayo la palabra proporcional. Los regímenes simplificados no son una solución a la inequidad y solamente fracturan la estructura de impuestos.

Por su parte, las multas y otros aderezos son demasiado discrecionales.  La actualización con UFV y los intereses por moras son  anacrónicos. Desde hace varios años ningún banco ofrece depósitos en UFV. El mismo BCB, no hace colocaciones de títulos públicos con ese indexador. La tasa de interés que se aplica a las moras está muy por encima de la tasa de interés pasiva del mercado financiero.

La aplicación demasiado coercitiva de los cargos está pasando el mensaje de que las finanzas del Gobierno ya están en las últimas y que están desesperados por encontrar recursos, contradiciendo al discurso triunfalista de lo bien que estamos. Está frenando, en muchos casos, al sector productivo, especialmente al de las pequeñas y medianas empresas. Está fomentando la informalidad.

Las quejas no son solamente con el SIN. Las otras instituciones del Gobierno, incluyendo el BCB, no se quedan atrás en sus expoliaciones. Se les ha dado a los funcionarios de estas instituciones el cometido de hurgar decisiones de mediados de la década de los años noventa del siglo pasado, decisiones de hace más de 22 años, tomadas además con la legislación y reglamentación de la época, para efectuar cobros (indebidos y prescritos) a los exfuncionarios políticamente expuestos.

A veces esos cobros son por sumas modestas y llegar a un proceso judicial les va a costar a los demandantes tiempo y esfuerzo. No hacen un buen análisis costo/beneficio con el afán de vengar supuestos agravios. Por supuesto, amargan la vida a los demandados, que parece ser su objetivo final, y comunican al público que necesitan llenar  la olla para seguir ocupándose de lo insustancial.

Página Siete.

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Por: Juan Antonio Morales

El artículo de Norah Soruco (El Deber 08/03/2018) acerca de la “tortuosa y persecutoria política tributaria”, así como las quejas que escucho cotidianamente de los contribuyentes, me han hecho pensar en que algo está podrido en nuestras finanzas públicas.

Obviamente, el Gobierno necesita financiarse. La provisión de bienes y servicios públicos se financia normalmente con impuestos. Se ha de elogiar que durante la bonanza exportadora la presión tributaria interna no hubiese caído. Se ha de elogiar también la modernización del Servicio de Impuestos Nacionales (SIN). Se ha de criticar, empero, que pasada la bonanza se trate de compensar la caída de los ingresos fiscales estrujando a los contribuyentes. Por otra parte, se le ha ido la mano al Gobierno en el gasto público, tanto corriente como en inversiones.

Eso explica que estemos, ya por varios años, con déficits fiscales por encima o bordeando al 7% del PIB. Si ha de corregirse el alto déficit público, el esfuerzo debe recaer en el gasto y no en aumentar  la presión tributaria. Una coacción tributaria muy fuerte frena la demanda interna, que tanto le gusta al Gobierno.

Es bien conocido en la teoría económica que todos los impuestos causan distorsiones en la asignación de recursos, pero algunos son más ineficientes e inequitativos que otros. La legislación y la política tributaria tienen entonces que apuntar a minimizar estas distorsiones, así como  a buscar el máximo de equidad. Con datos de 2016,  hacer depender 6,6% de las recaudaciones del SIN de multas, intereses, resultados de fiscalizaciones y cobranzas coactivas, no contribuye a la minimización de las distorsiones, y alimenta el malestar de los contribuyentes.

En multas  y otros cargos, el SIN está recaudando  más que por impuestos al pecado: tabacos, alcoholes y suntuarios, que por la experiencia internacional se sabe que son buenos recaudadores.

Es hora ya de pensar en una reforma tributaria de fondo. La estructura actual de impuestos, dada por lo esencial por la Ley 843 de 1986, necesita ser revisada. Es demasiado dependiente de impuestos indirectos, que son regresivos y que penalizan  proporcionalmente más a los pobres.

Subrayo la palabra proporcional. Los regímenes simplificados no son una solución a la inequidad y solamente fracturan la estructura de impuestos.

Por su parte, las multas y otros aderezos son demasiado discrecionales.  La actualización con UFV y los intereses por moras son  anacrónicos. Desde hace varios años ningún banco ofrece depósitos en UFV. El mismo BCB, no hace colocaciones de títulos públicos con ese indexador. La tasa de interés que se aplica a las moras está muy por encima de la tasa de interés pasiva del mercado financiero.

La aplicación demasiado coercitiva de los cargos está pasando el mensaje de que las finanzas del Gobierno ya están en las últimas y que están desesperados por encontrar recursos, contradiciendo al discurso triunfalista de lo bien que estamos. Está frenando, en muchos casos, al sector productivo, especialmente al de las pequeñas y medianas empresas. Está fomentando la informalidad.

Las quejas no son solamente con el SIN. Las otras instituciones del Gobierno, incluyendo el BCB, no se quedan atrás en sus expoliaciones. Se les ha dado a los funcionarios de estas instituciones el cometido de hurgar decisiones de mediados de la década de los años noventa del siglo pasado, decisiones de hace más de 22 años, tomadas además con la legislación y reglamentación de la época, para efectuar cobros (indebidos y prescritos) a los exfuncionarios políticamente expuestos.

A veces esos cobros son por sumas modestas y llegar a un proceso judicial les va a costar a los demandantes tiempo y esfuerzo. No hacen un buen análisis costo/beneficio con el afán de vengar supuestos agravios. Por supuesto, amargan la vida a los demandados, que parece ser su objetivo final, y comunican al público que necesitan llenar  la olla para seguir ocupándose de lo insustancial.

Página Siete.

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