Venezuela: la hambruna inducida

Venezuela: la hambruna inducida

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Venezuela la hambruna inducida diaz villanueva

Por: Fernando Díaz Villanueva

De unos meses a esta parte todas las noticias que llegan de Venezuela tienen que ver con la emergencia humanitaria que atraviesa el país. Lejos quedaron las protestas multitudinarias del verano pasado, cuando el chavismo aplicó su último giro de tuercapara mantener a la camarilla bolivariana eternamente en el poder. Fueron, y ahora lo vemos con más claridad, el último grito desesperado de una democracia agonizante.

No se dispone de información fiable porque el Gobierno venezolano ha puesto la estadística al margen de la ley. Los fríos datos son hoy forajidos y obtenerlos o difundirlos puede costar severas condenas. No se puede, por ejemplo, elaborar un índice de inflación ni tampoco informar sobre ella en los medios de comunicación. Todos saben que es monstruosa porque la padecen a diario. El imparable incremento de los precios se estima desde fuera conforme al cambio del bolívar en el mercado paralelo.

Algo similar sucede con la delincuencia. Los “malandros” campan a sus anchas por las calles venezolanas, pero el Gobierno mira para otro lado y se niega a dar estadísticas de criminalidad, o las que publica son falsas con objeto de quitar hierro a un problema que mantiene a los venezolanos sin poder salir de casa durante buena parte del día.

Con la emigración la misma historia. Son ya unos tres millones los venezolanos que han abandonado el país, pero ni Maduro ni nadie del Gobierno se da por aludido. Cada emigrante, de hecho, es un pequeño balón de oxígeno para ellos. Uno que se va es uno menos que protesta y, además, una vez fuera se apresurará a buscar un empleo en el país de acogida y remitir dinero y mercancías a su familia dentro de Venezuela. El emigrante en las tiranías es un recurso, no un drama.

La maldición del hambre

Con el hambre, ubicua y persistente, sucede lo mismo. Se sabe, por ejemplo, que los venezolanos han perdido unos diez kilos por persona en el último año a causa de la escasez de comida. En Venezuela se mueren a diario niños por inanición, en muchos casos recién nacidos porque no hay ni leche de fórmula para darles. El espectáculo en los hospitales es dantesco: madres esqueléticas pariendo bebés que nacen con grave desnutrición en quirófanos sin medicinas y sin el instrumental adecuado.

El país, en definitiva, está exhausto. No protestan porque ya no les quedan fuerzas ni para levantar la voz. Maduro y los suyos parecen dispuestos a cualquier cosa con tal de retener el poder. Aunque podría suceder que lo que estén buscando sea precisamente eso, es decir, que la crisis humanitaria de Venezuela sea una hambruna inducida.

No sería la primera vez. Prácticamente todas las grandes hambrunas del siglo XX fueron ideológicas. La Unión Soviética, la China popular, la Etiopía de Mengistu o el Zimbabue de Mugabe desataron devastadoras hambrunas con el único objetivo de utilizarlas políticamente y atornillar a sus líderes en el poder. En todos los casos lo consiguieron.

La maldición del hambre ha acompañado a la especie desde nuestros orígenes remotos en las cavernas. Sólo a lo largo de los dos últimos siglos hemos conseguido vencerla gracias a la industria, el comercio e infinidad de avances técnicos. Producimos más comida que nunca, a un coste decreciente y disponemos de los medios para distribuirla rápida y eficazmente a escala global. No tiene demasiado sentido que los venezolanos mueran de hambre cuando hay un gran excedente mundial de alimentos. A no ser, claro, que esa hambre sea deliberada.

El régimen de Nicolás Maduro se ha negado en repetidas ocasiones a aceptar la ayuda humanitaria que le ofrecen desde el extranjero. Y, cuando iniciativas nacidas de la sociedad civil como el programa Rescate Venezuela, han tratado de distribuir ayuda se encontraron con que el Gobierno les puso mil problemas y les impidió entrar en los hospitales con las medicinas donadas en Estados Unidos, España y México.

Sacar rédito de los hambrientos y enfermos

Diríase que el chavismo los necesita hambrientos y enfermos porque espera sacar algún rédito político de esta lamentable situación. Un pueblo de mendigos consumidos por el hambre y las privaciones es más manejable. Tan sólo hay que saber modular adecuadamente el terror para que el poder no cambie jamás de dueño. Los chavistas para eso tienen a los mejores maestros importados directamente desde Cuba.

El castrismo provocó también su propia hambruna en los años noventa. La rebautizaron con el eufemismo de “periodo especial”, que consistió en una década de plomo y miseria entre la implosión del amo soviético y el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela. Los cubanos pasaron las de Caín. Lo que el régimen denominó, de nuevo en impecable neolengua, “precariedad alimentaria” empujó a las traicioneras aguas del estrecho de la Florida a miles de cubanos en frágiles balsas.

Unos 40.000 cubanos consiguieron abandonar la isla y establecerse en Estados Unidos, desde donde empezaron a enviar remesas en dólares que permitieron a Fidel Castro seguir en el poder hasta su muerte veinte años más tarde. Misión cumplida. Eso buscaron y eso obtuvieron.

No subestimemos nunca el poder destructor de la ideología, pero tampoco su poder de crear oportunidades para quienes se valen de ella.

Disidentia.

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Por: Fernando Díaz Villanueva

De unos meses a esta parte todas las noticias que llegan de Venezuela tienen que ver con la emergencia humanitaria que atraviesa el país. Lejos quedaron las protestas multitudinarias del verano pasado, cuando el chavismo aplicó su último giro de tuercapara mantener a la camarilla bolivariana eternamente en el poder. Fueron, y ahora lo vemos con más claridad, el último grito desesperado de una democracia agonizante.

No se dispone de información fiable porque el Gobierno venezolano ha puesto la estadística al margen de la ley. Los fríos datos son hoy forajidos y obtenerlos o difundirlos puede costar severas condenas. No se puede, por ejemplo, elaborar un índice de inflación ni tampoco informar sobre ella en los medios de comunicación. Todos saben que es monstruosa porque la padecen a diario. El imparable incremento de los precios se estima desde fuera conforme al cambio del bolívar en el mercado paralelo.

Algo similar sucede con la delincuencia. Los “malandros” campan a sus anchas por las calles venezolanas, pero el Gobierno mira para otro lado y se niega a dar estadísticas de criminalidad, o las que publica son falsas con objeto de quitar hierro a un problema que mantiene a los venezolanos sin poder salir de casa durante buena parte del día.

Con la emigración la misma historia. Son ya unos tres millones los venezolanos que han abandonado el país, pero ni Maduro ni nadie del Gobierno se da por aludido. Cada emigrante, de hecho, es un pequeño balón de oxígeno para ellos. Uno que se va es uno menos que protesta y, además, una vez fuera se apresurará a buscar un empleo en el país de acogida y remitir dinero y mercancías a su familia dentro de Venezuela. El emigrante en las tiranías es un recurso, no un drama.

La maldición del hambre

Con el hambre, ubicua y persistente, sucede lo mismo. Se sabe, por ejemplo, que los venezolanos han perdido unos diez kilos por persona en el último año a causa de la escasez de comida. En Venezuela se mueren a diario niños por inanición, en muchos casos recién nacidos porque no hay ni leche de fórmula para darles. El espectáculo en los hospitales es dantesco: madres esqueléticas pariendo bebés que nacen con grave desnutrición en quirófanos sin medicinas y sin el instrumental adecuado.

El país, en definitiva, está exhausto. No protestan porque ya no les quedan fuerzas ni para levantar la voz. Maduro y los suyos parecen dispuestos a cualquier cosa con tal de retener el poder. Aunque podría suceder que lo que estén buscando sea precisamente eso, es decir, que la crisis humanitaria de Venezuela sea una hambruna inducida.

No sería la primera vez. Prácticamente todas las grandes hambrunas del siglo XX fueron ideológicas. La Unión Soviética, la China popular, la Etiopía de Mengistu o el Zimbabue de Mugabe desataron devastadoras hambrunas con el único objetivo de utilizarlas políticamente y atornillar a sus líderes en el poder. En todos los casos lo consiguieron.

La maldición del hambre ha acompañado a la especie desde nuestros orígenes remotos en las cavernas. Sólo a lo largo de los dos últimos siglos hemos conseguido vencerla gracias a la industria, el comercio e infinidad de avances técnicos. Producimos más comida que nunca, a un coste decreciente y disponemos de los medios para distribuirla rápida y eficazmente a escala global. No tiene demasiado sentido que los venezolanos mueran de hambre cuando hay un gran excedente mundial de alimentos. A no ser, claro, que esa hambre sea deliberada.

El régimen de Nicolás Maduro se ha negado en repetidas ocasiones a aceptar la ayuda humanitaria que le ofrecen desde el extranjero. Y, cuando iniciativas nacidas de la sociedad civil como el programa Rescate Venezuela, han tratado de distribuir ayuda se encontraron con que el Gobierno les puso mil problemas y les impidió entrar en los hospitales con las medicinas donadas en Estados Unidos, España y México.

Sacar rédito de los hambrientos y enfermos

Diríase que el chavismo los necesita hambrientos y enfermos porque espera sacar algún rédito político de esta lamentable situación. Un pueblo de mendigos consumidos por el hambre y las privaciones es más manejable. Tan sólo hay que saber modular adecuadamente el terror para que el poder no cambie jamás de dueño. Los chavistas para eso tienen a los mejores maestros importados directamente desde Cuba.

El castrismo provocó también su propia hambruna en los años noventa. La rebautizaron con el eufemismo de “periodo especial”, que consistió en una década de plomo y miseria entre la implosión del amo soviético y el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela. Los cubanos pasaron las de Caín. Lo que el régimen denominó, de nuevo en impecable neolengua, “precariedad alimentaria” empujó a las traicioneras aguas del estrecho de la Florida a miles de cubanos en frágiles balsas.

Unos 40.000 cubanos consiguieron abandonar la isla y establecerse en Estados Unidos, desde donde empezaron a enviar remesas en dólares que permitieron a Fidel Castro seguir en el poder hasta su muerte veinte años más tarde. Misión cumplida. Eso buscaron y eso obtuvieron.

No subestimemos nunca el poder destructor de la ideología, pero tampoco su poder de crear oportunidades para quienes se valen de ella.

Disidentia.

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