España: ¿Camino de Alemania o de Grecia?

España: ¿Camino de Alemania o de Grecia?

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España Camino de Alemania o de Grecia

Por: Domingo Soriano

Siempre que me preguntan digo que yo soy optimista (hacia el futuro) porque soy realista (hacia el pasado). España, por ejemplo, ¿cómo será en 2040? Pues lo normal es que sea un país mejor: más rico, más próspero, más avanzado…

No lo digo por decir, es que todo nos empuja a ello. Los últimos 40 años son el asidero más resistente al que atar mi pronóstico: nunca hemos vivido un período que haya combinado así la estabilidad institucional, el crecimiento económico, la integración con las economías más avanzadas del mundo, la paz social. Sí, ha habido enormes dificultades, desde los crímenes de ETA a la crisis de 2008-2014, pero en conjunto podemos decir que hemos vivido el mejor período de nuestra historia. Y no es un cliché.

Además, como dice mi compañero Raúl Vilas, otro optimista-realista, en ese futuro previsible de prosperidad y crecimiento nos ayudan casi todas las grandes fuerzas que llegan del exterior: la globalización y la Unión Europea, el desarrollo tecnológico y la integración de los mercados. Como saben nuestros padres y abuelos (aquellos que nacieron en una terrible postguerra de hambre, miseria y aislamiento), no es nada fácil subirse al vagón del primer mundo… pero es casi más difícil bajarse.

Dejar de ser un país rico requiere de un trabajo denodado. Sólo empeñándote con todas tus fuerzas puedes conseguirlo: miren lo que les ha costado a griegos o argentinos. Décadas de un esfuerzo ímprobo. Eso sí, una vez que lo logras, la marcha atrás también es casi imposible.

Hace unos días se viralizó la carta de James Rhodes, un pianista y escritor que nos recordó algo tan obvio como que España es uno de los países con mejor calidad de vida del mundo. Y no lo digo con ese patrioterismo barato de “como mi pueblo no hay ninguno”. Pensemos en el clásico juego: si fueras un extraterrestre y te preguntasen dónde querrías que aterrizara tu nave para vivir infiltrado como un humano, ¿Qué dirías? Yo lo tengo clarísimo: España, Francia (excepto París, una ciudad que siempre me ha parecido muy incómoda), el norte de Italia… Y poco más. Intuyo que Australia, sobre todo en esa costa que marcha de Melbourne a Sidney y Brisbane, también tiene que ser un buen sitio.

Hace 50 ó 100 años no creo que hubiera dicho lo mismo, pero ahora me quedo sin ninguna duda con mis tres elecciones mediterráneas: con esa mezcla de buen clima, desarrollo institucional (con todos los defectos que se quieran), democracia liberal (más defectos), progreso económico, cultural y social… Por cierto, que el clima y las playas están ahí porque sí; pero el resto, desde la tranquilidad que da pasear por las calles de Madrid (una de las capitales más seguras del mundo occidental), a tener la esperanza de vida más elevada del planeta junto a la de Japón, pasando por la extraordinaria red de carreteras, los bares pijos de Malasaña donde tomar el brunch este domingo, un sistema judicial capaz de juzgar y condenar al cuñado del Rey o la empresa de moda más importante del mundo (Inditex)… todo eso no ha surgido por generación espontánea. Démosle al César lo que es del César, y a la casta y al bipartidismo (y a los tecnócratas del Opus, que no se nos olviden, que también tiene su parte) lo que les toca.

Quizás por eso desde hace tiempo vivo las elecciones con una cierta distancia. No confío mucho en ninguno de los partidos. El 99% de los candidatos me parece de una mediocridad espantosa. Y sí, mis esperanzas de una revoluciónliberal (aunque sea mini-revolución) son cercanas al 0 absoluto. Pero tampoco me preocupaba especialmente el resultado. De hecho, en algunas ocasiones ni siquiera he ido a votar (y cuando lo he hecho, he apoyado a quien sabía que no iba a ganar, como UPyD al menos en dos ocasiones). Mis amigos forofos, los que siguen la actualidad política con la camiseta de su equipo puesta, le meten mucho dramatismo al asunto: “Si gana el PSOE nos hundimos”, “Si vuelve el PP no se podrá vivir aquí”, “A saber lo que hace Ciudadanos”… Y yo siempre les digo lo mismo: “Qué más da”.

Ya sé que igual-igual no es. Si en los próximos 30 años predominan los presidentes mediocres y unos ministros poco hábiles pues creceremos algo menos y seremos un país más burocratizado y esclerotizado. Si tenemos suerte y caen dos o tres listos por La Moncloa, pues quizás podamos remendar los agujeros que le han ido saliendo a nuestros ropajes, porque no podemos negar que varios necesitan una puesta a punto: tendremos una normativa menos intrusiva, que facilite la creación de tejido empresarial más competitivo, flexible, liberalizado y con menos intromisión del BOE; un sistema de financiación autonómica más lógico; una fiscalidad más moderna; una normativa laboral menos decimonónica… Pero lo primero que debemos tener claro es que, en ese futuro en el que decidamos si queremos que nuestra economía sea más Italia-Francia o más Suiza-Holanda, los partidos harán lo que les pidamos.

Y, en ese relato de aburrida prosperidad o de estable mediocridad, ¿no podemos fastidiarla? Pero lo que se dice fastidiarla de verdad. Sí, claro que podemos. Miren a Grecia, a Argentina, a Venezuela (por cierto, tres países que hace 50-60 años eran más ricos que España). Es complicado pero, si lo intentas, lo consigues. También los habitantes de estos países pensaron que allí no podía pasar. Lo explica muy bien Nassim Taleb en sus libros: el problema de hacer predicciones basándote en las medias, en lo ocurrido en el pasado o en las tendencias… el problema es que obvias los grandes riesgos y lo que ocurre en los extremos de la distribución. Es como una empresa que crece cada año al 2% pero se endeuda cada vez más. Si no se vuelven locos y mantienen controlado el pasivo, es fácil prever dónde estará dentro de 10 años: pues será un 20-25% más grande. Pero si quiebra, la cuenta ya no sale. Da igual que tuviera el potencial de seguir creciendo. Tras la liquidación, lo que queda es la nada. En esa línea continua de mejora, ya hablemos de un país o una compañía, una disrupción que lo arrase todo es lo único que no te puedes permitir.

Nunca había pensado en que esos riesgos pudieran estar presentes en España. Siempre imaginé que íbamos a convertirnos en una de esas predecibles democracias donde la gente ni siquiera conoce a sus políticos o practica la alternancia por aburrimiento. Que estábamos a un pasito de ser Suiza o Alemania (un pasito muy grande, eso es verdad). Y ahora tenemos a un 25-30% del arco parlamentario con la intención declarada de destrozar la arquitectura institucional bajo la que nos hemos organizado en las últimas cuatro décadas (esto son los que hablan de hacer saltar por los aires el candado del 78) o romper directamente la misma unidad que nos ha traído hasta aquí (un nacionalismo de raíz étnica y xenófoba que debería estar enterrado en los campos de batalla centroeuropeos pero que en nuestro país pervive y manda).

Porque además, a estos tipos les da igual tener mayoría que no tenerla: ya lo han demostrado allí donde han podido, su objetivo es el poder y una vez en el mismo (aunque lo hayan alcanzado de milagro, por un diputado que cambió su voto o por una aritmética parlamentaria imposible) no se marcharán. Aquí no vale lo de decir: “Les damos una oportunidad y si no lo hacen bien, los echamos”. Volvemos a lo de la normalidad y los extremos. A estos, cuando consiguen lo que quieren, no les echas (de nuevo, miren a Venezuela o a Argentina).

¡Un 30%! Y tienen pinta de que podrían ganar. Quien no quiera verlo es un ciego: desde hace 4-5 años estamos ante el asalto a un régimen, el del 78, que con todos sus defectos es el mejor que hemos conseguido hasta la fecha. Esto no tiene nada que ver con la dimisión de Rajoy o con la elección de Sánchez, sino con la destrucción del marco normativo y el armazón institucional. ¿Lo conseguirán? Si tuviera que apostar diría que no. En porcentaje, creo que tenemos un 75% de opciones de que las cosas salgan bien, se reconduzcan y volvamos al camino que nos lleva a Alemania o Francia o Suiza o…. Pero eso quiere decir que nos queda un 25% para el desastre.

Eso sí, ni de broma creo que esto es un argumento para estar relajado. Que un país rico, próspero y desarrollado como España tenga un 20-25% de opciones de entrar en un proceso de argentinización no es nada tranquilizador. De hecho, es una locura total. Y el peligro no terminará tras las próximas elecciones, sea cual sea el resultado. Probablemente la clave será qué partido sale de esta crisis al mando de la izquierda. Ya lo decía Pablo Iglesias en un artículo de la revista New Left Review en 2015: el objetivo no es ganar tal o cuál elección, sino sustituir al PSOE como fuerza hegemónica en la izquierda. Si eso se logra, llegar al poder es cuestión de tiempo, de pura alternancia democrática. Y cuando lleguen, no se irán.

El resultado final depende fundamentalmente de dos cosas: de las ganas de suicidio de los españoles y del PSOE, de si recupera la cordura o entra de forma definitiva en barrena. En este sentido, la elección de Sánchez podría ser hasta una buena noticia, si lograra lo que debería ser su objetivo principal: usar este tiempo en La Moncloa para recuperar para su partido el control de la izquierda, devolverle una idea de España que alguna vez se pudo intuir que tuvo y mandar a Podemos a la marginalidad de la que no debió salir. En sus manos estamos. De acuerdo, muy tranquilizador… no es.

—————————————-

Posdata: este artículo nace de una doble incredulidad. La de ver que un país como España corre el riesgo cierto de tirar por la borda el mejor período de su historia. Y la de constatar que el 28-30% de los españoles vota a partidos que tienen como razón fundacional acabar con el régimen político que les ha traído hasta aquí (y, ya de paso, con uno de los países en los que mejor se vive del mundo). Yo puedo entender que un tipo en Zimbabwe esté de vuelta de todo, que le dé igual 8 que 80, que esté dispuesto a ir al infierno con tal de ir a alguna parte. Pero, ¿en España? ¿Un 30% de los votos? Pues así es.

Culpables de esto hay muchos. Rajoy desde luego. El PP, también: un partido miedoso y corroído por la corrupción. Zapatero, sin duda. Y el PSOE, una máquina infecta y enferma de poder que, por mantenerse en el mismo, en La Moncloa o en sus taifas regionales, ha estado dispuesto, casi siempre, a casi todo.

Pero que no se nos olvide una cosa. Si hemos llegado hasta aquí es por una razón fundamental: en España se miente y se ha mentido mucho. Ahora nos hemos dado cuenta por lo ocurrido en Cataluña: cómo puede ser, se preguntan los extranjeros, que Cataluña se quiera separar de España. Una de las regiones más prósperas de la UE saliéndose de la Unión. Un territorio con una autonomía real que para sí quisieran en muchos estados federales hablando de opresión. Pues porque la realidad que se ha dibujado es falsa: desde hace 40 años, cada problema, cada caricatura, cada contratiempo, cada revés, se ha asociado a España. El mensaje era “Tú eres mejor que ellos y tienes derecho a todo. Y si no lo consigues, es culpa de Madrid”. Lo mezclas con unas gotas de supremacismo racial y superioridad moral y es hasta lógico que quieran irse. Porque, además, no ha habido un relato alternativo.

Y las mentiras no se han quedado sólo en la prensa (por llamarla de alguna manera) nacionalista. El retrato que se ha hecho de nuestro país en los últimos años en los medios de comunicación españoles (sobre todo en las televisiones, pero no sólo allí) también es mentira. La imagen de un país arrasado por la pobreza extrema, los desahucios y la desigualdad, tomado por una élite impune que robaba al ciudadano lo que era suyo, al borde de perder las libertades por la Ley Mordaza o por una sentencia judicial discutible… Cada uno de esos problemas existía y era discutible. Pero el conjunto que se ha dibujado, en tertulias, en columnas de opinión, en los titulares y en los reportajes de “interés social” es mentira. Mentira y de las gordas.

Sí, es mentira hacer artículos sobre la miseria en Madrid cuando Carmena hablaba de decenas de miles de niños en Madrid que vivían desnutridos y obviar el tema al día siguiente de que sea elegida. Sí, es mentira asociar la desigualdad, la precariedad o la pobreza con el PP, como si hubieran brotado del subsuelo en diciembre de 2011 y cuando en muchas de estas métricas económicas el peor período de la crisis fue el de 2009-2011. Sí, es mentira publicar 50 noticias al año sobre desigualdad o precariedad entre 2012 y 2018 y dos de 2009 a 2011 (hagan la prueba en un buscador, metan estos términos y vean la diferencia del número de noticias publicadas en función de quién gobierna y dónde). Sí, será mentira que desaparezcan de nuestras mañanas televisivas (y desaparecerán a partir del lunes) los reportajes sobre familias a las que desahucian o han perdido el subsidio del desempleo. Se ha dibujado un país que no existe. Se ha exagerado, sabiendo que se exageraba, por razones puramente ideológicas. Se ha descrito una realidad más norteafricana que europea. Y al mismo tiempo se han blanqueado partidos que hunden sus raíces ideológicas en los más abyectos totalitarismos del siglo XX. Se ha ocultado o minimizado quiénes los trajeron hasta aquí y cuál es su razón de ser (muy fan de esos politólogos socialdemócratas exquisitos que se van de debate con Monedero o con Errejón pero luego llaman derecha extrema al PP). De ahí, de esas mentiras, también salen esas quejas absurdas, ese sentimiento impostado, ese desprecio sel pasado reciente, de los que dicen este domingo que “Este país no puede ir a peor” o “Somos la primera generación que vivirá peor que sus padres” mientras se piden su segundo gin-tonic con pepino en la terraza del Matadero antes de irse a montar en bici por Madrid-Río.

Espero que tengamos suerte y que nos toque ese 75% del que hablaba antes. Pero, si no es así, recordemos quiénes ayudaron a los que nos quieren empujar hacia el abismo.

Libre Mercado.

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Por: Domingo Soriano

Siempre que me preguntan digo que yo soy optimista (hacia el futuro) porque soy realista (hacia el pasado). España, por ejemplo, ¿cómo será en 2040? Pues lo normal es que sea un país mejor: más rico, más próspero, más avanzado…

No lo digo por decir, es que todo nos empuja a ello. Los últimos 40 años son el asidero más resistente al que atar mi pronóstico: nunca hemos vivido un período que haya combinado así la estabilidad institucional, el crecimiento económico, la integración con las economías más avanzadas del mundo, la paz social. Sí, ha habido enormes dificultades, desde los crímenes de ETA a la crisis de 2008-2014, pero en conjunto podemos decir que hemos vivido el mejor período de nuestra historia. Y no es un cliché.

Además, como dice mi compañero Raúl Vilas, otro optimista-realista, en ese futuro previsible de prosperidad y crecimiento nos ayudan casi todas las grandes fuerzas que llegan del exterior: la globalización y la Unión Europea, el desarrollo tecnológico y la integración de los mercados. Como saben nuestros padres y abuelos (aquellos que nacieron en una terrible postguerra de hambre, miseria y aislamiento), no es nada fácil subirse al vagón del primer mundo… pero es casi más difícil bajarse.

Dejar de ser un país rico requiere de un trabajo denodado. Sólo empeñándote con todas tus fuerzas puedes conseguirlo: miren lo que les ha costado a griegos o argentinos. Décadas de un esfuerzo ímprobo. Eso sí, una vez que lo logras, la marcha atrás también es casi imposible.

Hace unos días se viralizó la carta de James Rhodes, un pianista y escritor que nos recordó algo tan obvio como que España es uno de los países con mejor calidad de vida del mundo. Y no lo digo con ese patrioterismo barato de “como mi pueblo no hay ninguno”. Pensemos en el clásico juego: si fueras un extraterrestre y te preguntasen dónde querrías que aterrizara tu nave para vivir infiltrado como un humano, ¿Qué dirías? Yo lo tengo clarísimo: España, Francia (excepto París, una ciudad que siempre me ha parecido muy incómoda), el norte de Italia… Y poco más. Intuyo que Australia, sobre todo en esa costa que marcha de Melbourne a Sidney y Brisbane, también tiene que ser un buen sitio.

Hace 50 ó 100 años no creo que hubiera dicho lo mismo, pero ahora me quedo sin ninguna duda con mis tres elecciones mediterráneas: con esa mezcla de buen clima, desarrollo institucional (con todos los defectos que se quieran), democracia liberal (más defectos), progreso económico, cultural y social… Por cierto, que el clima y las playas están ahí porque sí; pero el resto, desde la tranquilidad que da pasear por las calles de Madrid (una de las capitales más seguras del mundo occidental), a tener la esperanza de vida más elevada del planeta junto a la de Japón, pasando por la extraordinaria red de carreteras, los bares pijos de Malasaña donde tomar el brunch este domingo, un sistema judicial capaz de juzgar y condenar al cuñado del Rey o la empresa de moda más importante del mundo (Inditex)… todo eso no ha surgido por generación espontánea. Démosle al César lo que es del César, y a la casta y al bipartidismo (y a los tecnócratas del Opus, que no se nos olviden, que también tiene su parte) lo que les toca.

Quizás por eso desde hace tiempo vivo las elecciones con una cierta distancia. No confío mucho en ninguno de los partidos. El 99% de los candidatos me parece de una mediocridad espantosa. Y sí, mis esperanzas de una revoluciónliberal (aunque sea mini-revolución) son cercanas al 0 absoluto. Pero tampoco me preocupaba especialmente el resultado. De hecho, en algunas ocasiones ni siquiera he ido a votar (y cuando lo he hecho, he apoyado a quien sabía que no iba a ganar, como UPyD al menos en dos ocasiones). Mis amigos forofos, los que siguen la actualidad política con la camiseta de su equipo puesta, le meten mucho dramatismo al asunto: “Si gana el PSOE nos hundimos”, “Si vuelve el PP no se podrá vivir aquí”, “A saber lo que hace Ciudadanos”… Y yo siempre les digo lo mismo: “Qué más da”.

Ya sé que igual-igual no es. Si en los próximos 30 años predominan los presidentes mediocres y unos ministros poco hábiles pues creceremos algo menos y seremos un país más burocratizado y esclerotizado. Si tenemos suerte y caen dos o tres listos por La Moncloa, pues quizás podamos remendar los agujeros que le han ido saliendo a nuestros ropajes, porque no podemos negar que varios necesitan una puesta a punto: tendremos una normativa menos intrusiva, que facilite la creación de tejido empresarial más competitivo, flexible, liberalizado y con menos intromisión del BOE; un sistema de financiación autonómica más lógico; una fiscalidad más moderna; una normativa laboral menos decimonónica… Pero lo primero que debemos tener claro es que, en ese futuro en el que decidamos si queremos que nuestra economía sea más Italia-Francia o más Suiza-Holanda, los partidos harán lo que les pidamos.

Y, en ese relato de aburrida prosperidad o de estable mediocridad, ¿no podemos fastidiarla? Pero lo que se dice fastidiarla de verdad. Sí, claro que podemos. Miren a Grecia, a Argentina, a Venezuela (por cierto, tres países que hace 50-60 años eran más ricos que España). Es complicado pero, si lo intentas, lo consigues. También los habitantes de estos países pensaron que allí no podía pasar. Lo explica muy bien Nassim Taleb en sus libros: el problema de hacer predicciones basándote en las medias, en lo ocurrido en el pasado o en las tendencias… el problema es que obvias los grandes riesgos y lo que ocurre en los extremos de la distribución. Es como una empresa que crece cada año al 2% pero se endeuda cada vez más. Si no se vuelven locos y mantienen controlado el pasivo, es fácil prever dónde estará dentro de 10 años: pues será un 20-25% más grande. Pero si quiebra, la cuenta ya no sale. Da igual que tuviera el potencial de seguir creciendo. Tras la liquidación, lo que queda es la nada. En esa línea continua de mejora, ya hablemos de un país o una compañía, una disrupción que lo arrase todo es lo único que no te puedes permitir.

Nunca había pensado en que esos riesgos pudieran estar presentes en España. Siempre imaginé que íbamos a convertirnos en una de esas predecibles democracias donde la gente ni siquiera conoce a sus políticos o practica la alternancia por aburrimiento. Que estábamos a un pasito de ser Suiza o Alemania (un pasito muy grande, eso es verdad). Y ahora tenemos a un 25-30% del arco parlamentario con la intención declarada de destrozar la arquitectura institucional bajo la que nos hemos organizado en las últimas cuatro décadas (esto son los que hablan de hacer saltar por los aires el candado del 78) o romper directamente la misma unidad que nos ha traído hasta aquí (un nacionalismo de raíz étnica y xenófoba que debería estar enterrado en los campos de batalla centroeuropeos pero que en nuestro país pervive y manda).

Porque además, a estos tipos les da igual tener mayoría que no tenerla: ya lo han demostrado allí donde han podido, su objetivo es el poder y una vez en el mismo (aunque lo hayan alcanzado de milagro, por un diputado que cambió su voto o por una aritmética parlamentaria imposible) no se marcharán. Aquí no vale lo de decir: “Les damos una oportunidad y si no lo hacen bien, los echamos”. Volvemos a lo de la normalidad y los extremos. A estos, cuando consiguen lo que quieren, no les echas (de nuevo, miren a Venezuela o a Argentina).

¡Un 30%! Y tienen pinta de que podrían ganar. Quien no quiera verlo es un ciego: desde hace 4-5 años estamos ante el asalto a un régimen, el del 78, que con todos sus defectos es el mejor que hemos conseguido hasta la fecha. Esto no tiene nada que ver con la dimisión de Rajoy o con la elección de Sánchez, sino con la destrucción del marco normativo y el armazón institucional. ¿Lo conseguirán? Si tuviera que apostar diría que no. En porcentaje, creo que tenemos un 75% de opciones de que las cosas salgan bien, se reconduzcan y volvamos al camino que nos lleva a Alemania o Francia o Suiza o…. Pero eso quiere decir que nos queda un 25% para el desastre.

Eso sí, ni de broma creo que esto es un argumento para estar relajado. Que un país rico, próspero y desarrollado como España tenga un 20-25% de opciones de entrar en un proceso de argentinización no es nada tranquilizador. De hecho, es una locura total. Y el peligro no terminará tras las próximas elecciones, sea cual sea el resultado. Probablemente la clave será qué partido sale de esta crisis al mando de la izquierda. Ya lo decía Pablo Iglesias en un artículo de la revista New Left Review en 2015: el objetivo no es ganar tal o cuál elección, sino sustituir al PSOE como fuerza hegemónica en la izquierda. Si eso se logra, llegar al poder es cuestión de tiempo, de pura alternancia democrática. Y cuando lleguen, no se irán.

El resultado final depende fundamentalmente de dos cosas: de las ganas de suicidio de los españoles y del PSOE, de si recupera la cordura o entra de forma definitiva en barrena. En este sentido, la elección de Sánchez podría ser hasta una buena noticia, si lograra lo que debería ser su objetivo principal: usar este tiempo en La Moncloa para recuperar para su partido el control de la izquierda, devolverle una idea de España que alguna vez se pudo intuir que tuvo y mandar a Podemos a la marginalidad de la que no debió salir. En sus manos estamos. De acuerdo, muy tranquilizador… no es.

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Posdata: este artículo nace de una doble incredulidad. La de ver que un país como España corre el riesgo cierto de tirar por la borda el mejor período de su historia. Y la de constatar que el 28-30% de los españoles vota a partidos que tienen como razón fundacional acabar con el régimen político que les ha traído hasta aquí (y, ya de paso, con uno de los países en los que mejor se vive del mundo). Yo puedo entender que un tipo en Zimbabwe esté de vuelta de todo, que le dé igual 8 que 80, que esté dispuesto a ir al infierno con tal de ir a alguna parte. Pero, ¿en España? ¿Un 30% de los votos? Pues así es.

Culpables de esto hay muchos. Rajoy desde luego. El PP, también: un partido miedoso y corroído por la corrupción. Zapatero, sin duda. Y el PSOE, una máquina infecta y enferma de poder que, por mantenerse en el mismo, en La Moncloa o en sus taifas regionales, ha estado dispuesto, casi siempre, a casi todo.

Pero que no se nos olvide una cosa. Si hemos llegado hasta aquí es por una razón fundamental: en España se miente y se ha mentido mucho. Ahora nos hemos dado cuenta por lo ocurrido en Cataluña: cómo puede ser, se preguntan los extranjeros, que Cataluña se quiera separar de España. Una de las regiones más prósperas de la UE saliéndose de la Unión. Un territorio con una autonomía real que para sí quisieran en muchos estados federales hablando de opresión. Pues porque la realidad que se ha dibujado es falsa: desde hace 40 años, cada problema, cada caricatura, cada contratiempo, cada revés, se ha asociado a España. El mensaje era “Tú eres mejor que ellos y tienes derecho a todo. Y si no lo consigues, es culpa de Madrid”. Lo mezclas con unas gotas de supremacismo racial y superioridad moral y es hasta lógico que quieran irse. Porque, además, no ha habido un relato alternativo.

Y las mentiras no se han quedado sólo en la prensa (por llamarla de alguna manera) nacionalista. El retrato que se ha hecho de nuestro país en los últimos años en los medios de comunicación españoles (sobre todo en las televisiones, pero no sólo allí) también es mentira. La imagen de un país arrasado por la pobreza extrema, los desahucios y la desigualdad, tomado por una élite impune que robaba al ciudadano lo que era suyo, al borde de perder las libertades por la Ley Mordaza o por una sentencia judicial discutible… Cada uno de esos problemas existía y era discutible. Pero el conjunto que se ha dibujado, en tertulias, en columnas de opinión, en los titulares y en los reportajes de “interés social” es mentira. Mentira y de las gordas.

Sí, es mentira hacer artículos sobre la miseria en Madrid cuando Carmena hablaba de decenas de miles de niños en Madrid que vivían desnutridos y obviar el tema al día siguiente de que sea elegida. Sí, es mentira asociar la desigualdad, la precariedad o la pobreza con el PP, como si hubieran brotado del subsuelo en diciembre de 2011 y cuando en muchas de estas métricas económicas el peor período de la crisis fue el de 2009-2011. Sí, es mentira publicar 50 noticias al año sobre desigualdad o precariedad entre 2012 y 2018 y dos de 2009 a 2011 (hagan la prueba en un buscador, metan estos términos y vean la diferencia del número de noticias publicadas en función de quién gobierna y dónde). Sí, será mentira que desaparezcan de nuestras mañanas televisivas (y desaparecerán a partir del lunes) los reportajes sobre familias a las que desahucian o han perdido el subsidio del desempleo. Se ha dibujado un país que no existe. Se ha exagerado, sabiendo que se exageraba, por razones puramente ideológicas. Se ha descrito una realidad más norteafricana que europea. Y al mismo tiempo se han blanqueado partidos que hunden sus raíces ideológicas en los más abyectos totalitarismos del siglo XX. Se ha ocultado o minimizado quiénes los trajeron hasta aquí y cuál es su razón de ser (muy fan de esos politólogos socialdemócratas exquisitos que se van de debate con Monedero o con Errejón pero luego llaman derecha extrema al PP). De ahí, de esas mentiras, también salen esas quejas absurdas, ese sentimiento impostado, ese desprecio sel pasado reciente, de los que dicen este domingo que “Este país no puede ir a peor” o “Somos la primera generación que vivirá peor que sus padres” mientras se piden su segundo gin-tonic con pepino en la terraza del Matadero antes de irse a montar en bici por Madrid-Río.

Espero que tengamos suerte y que nos toque ese 75% del que hablaba antes. Pero, si no es así, recordemos quiénes ayudaron a los que nos quieren empujar hacia el abismo.

Libre Mercado.

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