El-Erian: ¿Un “momento Reagan” para el comercio internacional?

El-Erian: ¿Un “momento Reagan” para el comercio internacional?

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Un “momento Reagan” para el comercio internacional

Por: Mohamed A. El-Erian

La última ronda de represalias arancelarias entre Estados Unidos y China intensificó el debate mundial sobre si asistimos a una mera escaramuza o vamos a toda marcha hacia una guerra comercial con todas las letras. Pero es posible que haya en juego algo todavía más fundamental. En forma accidental o deliberada, puede que el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump haya sentado las bases de un “momento Reagan” para el régimen de comercio internacional.

En los ochenta, el presidente estadounidense Ronald Reagan inició una carrera de gasto militar con la Unión Soviética que terminó modificando el equilibrio global de poder en formas que afectaron a muchos países de todo el mundo. Hoy Trump lanzó una carrera arancelaria con China, una superpotencia económica, que puede tener consecuencias igualmente amplias. Lo mismo que en tiempos de Reagan, EE. UU. está mejor posicionado para ganar la competencia actual con China, pero los riesgos son considerables.

En la última escalada de la disputa comercial, EE. UU. impuso aranceles a importaciones chinas por un valor de 34 000 millones de dólares. China implementó de inmediato aranceles en represalia, lo que alentó a EE. UU. a amenazar con la aplicación de más medidas proteccionistas. Estas acciones agravan las tensiones por la imposición del gobierno estadounidense de aranceles a las importaciones de otros países (incluidos algunos de sus aliados más cercanos como Canadá) y sus amenazas de retirarse de la Organización Mundial del Comercio, pilar del sistema de reglas para los flujos transfronterizos de bienes, servicios y capital.

A muchos tratados comerciales actuales les hace falta una modernización. Y la mayoría de los economistas coinciden en que EE. UU. tiene motivos de queja legítimos en relación con el comercio bilateral con China, entre ellos el robo de propiedad intelectual, transferencias tecnológicas asimétricas y barreras no arancelarias, por ejemplo que las empresas extranjeras estén obligadas a asociarse con empresas locales para acceder al mercado chino.

Pero la mayoría de los economistas también coinciden en que pretender resolver estos problemas con una competencia de aranceles es peligroso. Como los aranceles transmiten presiones estanflacionarias (es decir, alientan contracción económica e inflación en forma simultánea), ponen en riesgo una recuperación global que ya enfrenta desafíos. Y complican la muy postergada normalización de la política monetaria, aumentando al mismo tiempo la probabilidad de inestabilidad financiera global. Las fisuras sistémicas resultantes pueden poner en peligro todo el sistema comercial multilateral basado en reglas, en un momento en que no existe una alternativa aceptable.

Muchos economistas no están seguros de lo que viene a continuación. Por ejemplo, hay un grupo que reconoce que las tensiones actuales aumentan el riesgo de accidentes o errores de política, pero consideran que es parte de un proceso de fingimiento y negociación, y que cuando llegue el momento de la verdad, las grandes potencias comerciales del mundo evitarán una estrategia mutuamente destructiva y optarán en cambio por negociaciones de las que saldrá un régimen más justo, sin dejar de ser libre. Contribuyen a reforzar esta idea ciertos indicios preliminares de que ahora la Unión Europea parece dispuesta a considerar una iniciativa de eliminación total de aranceles para los automóviles.

Otro grupo cita el precedente histórico y advierte que las políticas comerciales de “empobrecer al vecino” pueden salirse rápidamente de control, con costos enormes para los niveles de vida. En un tiempo en que decepciones económicas y un difundido temor a los cambios culturales y tecnológicos están provocando una marcada polarización política, resentimiento contra el establishment y desconfianza en la opinión experta, es de prever que un aumento del proteccionismo estimule más nacionalismo, populismo y políticas cerradas.

Pero la comparación con Reagan hace pensar que puede haber otras derivaciones más amplias. Al desafiar a la Unión Soviética a una carrera de gasto militar que sólo EE. UU. podía ganar (al costo de un aumento de la deuda y más riesgo de conflicto), Reagan aceleró la desaparición de lo que denominó “imperio del mal”.

Fue una estrategia audaz y arriesgada que terminó cambiando el mapa político de Europa. Incluso antes de la desaparición de la Unión Soviética (y el surgimiento de quince países nuevos), su “imperio” europeo ya se había derrumbado. Había caído el Muro de Berlín (a lo que siguió la reunificación alemana) y Yugoslavia se desintegraba. Poco después, el “divorcio de terciopelo” checoslovaco dio lugar a la República Checa y a Eslovaquia, que (junto con otros países de Europa Central y Oriental, incluidos Hungría y Polonia) reforzaron su pertenencia a Occidente al unirse a la OTAN y la UE.

Hoy una guerra comercial perjudicaría a todas las economías. Pero en una contracción económica mundial, a EE. UU. le iría mejor que a otros países, porque es relativamente más independiente de los mercados extranjeros, sus mercados locales son más profundos y es en general más resistente económicamente. Los mercados financieros chinos ya sufrieron el impacto, mientras que los de EE. UU. se mantuvieron firmes.

La teoría de juegos indica que actores racionales conscientes del grado de perjuicio que les traería una guerra comercial verán los méritos de abandonar una estrategia de represalias y accederán a muchas de las demandas estadounidenses. Todo esto puede aumentar la capacidad y disposición de EE. UU. para poner fin al largo período de erosión de su posición e influencia económica global.

Pero nada garantiza el éxito de esa estrategia. Su ejecución demanda más confianza mutua de la que existe hoy. Habrá que mantener el apoyo de una opinión pública estadounidense dividida durante toda la fase de represalias, que provocará inflación y, en algunos casos, más inseguridad laboral.

Además, el gobierno de Trump también tendrá que evitar una presión excesiva y apresurada sobre otros países (especialmente China), ya que crearía riesgo de recesión para la economía global y de derrumbes para los mercados. La Reserva Federal de los EE. UU., basándose en sus contactos en la comunidad empresarial local, ya advirtió que la incertidumbre respecto de las relaciones comerciales globales puede provocar una reducción o postergación de los planes de inversión corporativos. Y no hay que olvidar que China posee un volumen inmenso de bonos del Tesoro de los EE. UU., de modo que si se la presiona demasiado podría usarlos para tratar de desestabilizar el mercado de deuda pública estadounidense, que es esencial para la salud del sistema financiero global.

Es demasiado pronto para saber si habrá un “momento Reagan” para el comercio internacional, y si traerá otro resultado además de un sistema más justo. Al fin y al cabo, esa posibilidad demanda un diseño estratégico cuidadoso y una implementación diestra (amén de un montón de suerte), guiados por una comprensión minuciosa de los factores económicos, políticos y geopolíticos. Por eso es necesario pasar de la pregunta de si esto es sólo una escaramuza o una guerra comercial a elaborar estrategias reales para el “momento comercial Trump”, por si llegara a producirse.

Project Syndicate.

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Por: Mohamed A. El-Erian

La última ronda de represalias arancelarias entre Estados Unidos y China intensificó el debate mundial sobre si asistimos a una mera escaramuza o vamos a toda marcha hacia una guerra comercial con todas las letras. Pero es posible que haya en juego algo todavía más fundamental. En forma accidental o deliberada, puede que el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump haya sentado las bases de un “momento Reagan” para el régimen de comercio internacional.

En los ochenta, el presidente estadounidense Ronald Reagan inició una carrera de gasto militar con la Unión Soviética que terminó modificando el equilibrio global de poder en formas que afectaron a muchos países de todo el mundo. Hoy Trump lanzó una carrera arancelaria con China, una superpotencia económica, que puede tener consecuencias igualmente amplias. Lo mismo que en tiempos de Reagan, EE. UU. está mejor posicionado para ganar la competencia actual con China, pero los riesgos son considerables.

En la última escalada de la disputa comercial, EE. UU. impuso aranceles a importaciones chinas por un valor de 34 000 millones de dólares. China implementó de inmediato aranceles en represalia, lo que alentó a EE. UU. a amenazar con la aplicación de más medidas proteccionistas. Estas acciones agravan las tensiones por la imposición del gobierno estadounidense de aranceles a las importaciones de otros países (incluidos algunos de sus aliados más cercanos como Canadá) y sus amenazas de retirarse de la Organización Mundial del Comercio, pilar del sistema de reglas para los flujos transfronterizos de bienes, servicios y capital.

A muchos tratados comerciales actuales les hace falta una modernización. Y la mayoría de los economistas coinciden en que EE. UU. tiene motivos de queja legítimos en relación con el comercio bilateral con China, entre ellos el robo de propiedad intelectual, transferencias tecnológicas asimétricas y barreras no arancelarias, por ejemplo que las empresas extranjeras estén obligadas a asociarse con empresas locales para acceder al mercado chino.

Pero la mayoría de los economistas también coinciden en que pretender resolver estos problemas con una competencia de aranceles es peligroso. Como los aranceles transmiten presiones estanflacionarias (es decir, alientan contracción económica e inflación en forma simultánea), ponen en riesgo una recuperación global que ya enfrenta desafíos. Y complican la muy postergada normalización de la política monetaria, aumentando al mismo tiempo la probabilidad de inestabilidad financiera global. Las fisuras sistémicas resultantes pueden poner en peligro todo el sistema comercial multilateral basado en reglas, en un momento en que no existe una alternativa aceptable.

Muchos economistas no están seguros de lo que viene a continuación. Por ejemplo, hay un grupo que reconoce que las tensiones actuales aumentan el riesgo de accidentes o errores de política, pero consideran que es parte de un proceso de fingimiento y negociación, y que cuando llegue el momento de la verdad, las grandes potencias comerciales del mundo evitarán una estrategia mutuamente destructiva y optarán en cambio por negociaciones de las que saldrá un régimen más justo, sin dejar de ser libre. Contribuyen a reforzar esta idea ciertos indicios preliminares de que ahora la Unión Europea parece dispuesta a considerar una iniciativa de eliminación total de aranceles para los automóviles.

Otro grupo cita el precedente histórico y advierte que las políticas comerciales de “empobrecer al vecino” pueden salirse rápidamente de control, con costos enormes para los niveles de vida. En un tiempo en que decepciones económicas y un difundido temor a los cambios culturales y tecnológicos están provocando una marcada polarización política, resentimiento contra el establishment y desconfianza en la opinión experta, es de prever que un aumento del proteccionismo estimule más nacionalismo, populismo y políticas cerradas.

Pero la comparación con Reagan hace pensar que puede haber otras derivaciones más amplias. Al desafiar a la Unión Soviética a una carrera de gasto militar que sólo EE. UU. podía ganar (al costo de un aumento de la deuda y más riesgo de conflicto), Reagan aceleró la desaparición de lo que denominó “imperio del mal”.

Fue una estrategia audaz y arriesgada que terminó cambiando el mapa político de Europa. Incluso antes de la desaparición de la Unión Soviética (y el surgimiento de quince países nuevos), su “imperio” europeo ya se había derrumbado. Había caído el Muro de Berlín (a lo que siguió la reunificación alemana) y Yugoslavia se desintegraba. Poco después, el “divorcio de terciopelo” checoslovaco dio lugar a la República Checa y a Eslovaquia, que (junto con otros países de Europa Central y Oriental, incluidos Hungría y Polonia) reforzaron su pertenencia a Occidente al unirse a la OTAN y la UE.

Hoy una guerra comercial perjudicaría a todas las economías. Pero en una contracción económica mundial, a EE. UU. le iría mejor que a otros países, porque es relativamente más independiente de los mercados extranjeros, sus mercados locales son más profundos y es en general más resistente económicamente. Los mercados financieros chinos ya sufrieron el impacto, mientras que los de EE. UU. se mantuvieron firmes.

La teoría de juegos indica que actores racionales conscientes del grado de perjuicio que les traería una guerra comercial verán los méritos de abandonar una estrategia de represalias y accederán a muchas de las demandas estadounidenses. Todo esto puede aumentar la capacidad y disposición de EE. UU. para poner fin al largo período de erosión de su posición e influencia económica global.

Pero nada garantiza el éxito de esa estrategia. Su ejecución demanda más confianza mutua de la que existe hoy. Habrá que mantener el apoyo de una opinión pública estadounidense dividida durante toda la fase de represalias, que provocará inflación y, en algunos casos, más inseguridad laboral.

Además, el gobierno de Trump también tendrá que evitar una presión excesiva y apresurada sobre otros países (especialmente China), ya que crearía riesgo de recesión para la economía global y de derrumbes para los mercados. La Reserva Federal de los EE. UU., basándose en sus contactos en la comunidad empresarial local, ya advirtió que la incertidumbre respecto de las relaciones comerciales globales puede provocar una reducción o postergación de los planes de inversión corporativos. Y no hay que olvidar que China posee un volumen inmenso de bonos del Tesoro de los EE. UU., de modo que si se la presiona demasiado podría usarlos para tratar de desestabilizar el mercado de deuda pública estadounidense, que es esencial para la salud del sistema financiero global.

Es demasiado pronto para saber si habrá un “momento Reagan” para el comercio internacional, y si traerá otro resultado además de un sistema más justo. Al fin y al cabo, esa posibilidad demanda un diseño estratégico cuidadoso y una implementación diestra (amén de un montón de suerte), guiados por una comprensión minuciosa de los factores económicos, políticos y geopolíticos. Por eso es necesario pasar de la pregunta de si esto es sólo una escaramuza o una guerra comercial a elaborar estrategias reales para el “momento comercial Trump”, por si llegara a producirse.

Project Syndicate.

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