Acceso preferente: el Banco Popular

Acceso preferente: el Banco Popular

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Por: David Moreno Vincent

Esta mañana a las 8, el diario El Español anunciaba la venta del Banco Popular por un euro al Santander. Más allá del conjunto de reflexiones y preguntas que pueden (y deben) hacerse, y que todavía es pronto para responder (¿por qué los pequeños accionistas lo pierden todo? ¿Qué significa el mecanismo de resolución única? ¿Por qué se le impone ese procedimiento a los accionistas, que de facto representa una expropiación forzosa?). Me vino a la cabeza un recuerdo del año 2009. Es una anécdota y una reflexión que plasmé en junio de 2013, cuando estaba en plena discusión la cuestión de las participaciones preferentes. Transcribo a continuación esa nota íntegramente aquí:

Recuerdo que a principios del año 2009, cuando fui a mi sucursal bancaria a hacer algunas gestiones, la responsable de mi cuenta me propuso, como era su función, productos financieros. Entre ellos estaba uno “muy bueno, con una rentabilidad francamente buena para los tiempos que corren. Son participaciones preferentes no convertibles, con una serie de ventanas de liquidez cada muy poco tiempo, por lo que si te quieres salir en cualquier momento no hay problema”.

Yo me limité a preguntarle qué tipo de producto era, y me contestó “es deuda subordinada, pero eso sólo es un problema si el banco quiebra, y ya sabes que eso no puede ocurrir nunca”.

Acostumbrado como estoy al mundo de la insolvencia, el término “subordinado” me espantó. Significa que si algo va mal, eres el último en cobrar.

La cuestión fundamental en mi opinión debe dividirse en torno a dos problemas. El primero, obviamente, es el del engaño, o del vicio del consentimiento. Toda la teoría general de contratos se basa en el hecho fundamental de saber, conocer y entender aquello a lo que uno se somete de forma libre y voluntaria. Cualquier acuerdo basado en el desconocimiento cae por su propio peso. Esa es la razón, por ejemplo, por la que los niños no pueden comprar bienes, dado que sería muy sencillo engañarlos, y es en realidad el elemento sobre el que se basa el procedimiento de arbitraje que ha establecido el FROB. Si nunca había comprado un producto de riesgo (pero ¿qué es el riesgo?), ni tiene un historial financiero complejo, es más probable que se acepte la petición. Pero, en todo caso, se tendrá que demostrar que a pesar de haber firmado la documentación no se era consciente de lo que se estaba adquiriendo. Lo cual nos lleva a una reflexión mucho más importante que la del vicio del consentimiento. Estoy hablando, como no puede ser de otra manera, de la responsabilidad individual.

En una sociedad en la que los receptores de préstamos se dicen abusados por los bancos, los padres atacan a los profesores por los suspensos de los hijos y los medios de comunicación ensalzan a quienes cuestionan todo el sistema, hablar de responsabilidad individual es como mencionar a la bicha. Y sin embargo, no podemos olvidar que esa responsabilidad es la que nos permite aprender cuando somos niños: las consecuencias de lo que hacemos cuando nos caemos o no meter los dedos en la cazuela con el agua hirviendo se convierten a medida que crecemos en algo más abstracto, al obligarnos a responder de nuestros actos. Bien por la vía coactiva, bien porque creemos en ello. Si bien es cierto que hay personas que fueron engañadas para adquirir preferentes, también hubo muchas que no quisieron escuchar la parte de “si el banco quiebra y eso no ocurre nunca”. Porque hemos terminado instalados en una sociedad que ha dejado de lado el concepto de riesgo moral y ha convertido al estado hipergarantista en el becerro de oro al que se adora y que está obligado a responder, como cuando éramos niños, por mí y por todos mis compañeros.

Aunque quedan muchos meses (¿años?) por delante para dilucidar lo que finalmente ocurrirá, lo cierto es que parece poco aceptable que los accionistas minoritarios sean forzados a vender, porque mucho me temo que eso tendrá un coste para el erario público. Si las acciones valen cero, los propietarios deberían ser libres de no aceptar la amortización.

Por cierto, en 2009, el banco que me ofreció esas participaciones preferentes no convertibles era… el Banco Popular.

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